Batalla de Oronccoy – Juan José Vega

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Texto tomado del libro “Manco Inca” de Juan José Vega, Capítulo “Guamanga y Orongoy”

Resumen (Moner Lizana): En 1538 Manco Inca, ante la persecución de los españoles bajo el mando del mismo Pizarro, que salió de Cusco a perseguirlo, se dirigió hacia el norte por el valle del Chumbao, atacando a los españoles y caravanas de comerciantes, aplicando una guerra de guerrillas. Manco Inca se perdió por las inmediaciones de Uripa, Pizarro de vuelta a Cusco encargó a Illán Suarez de Carbajal, quien a la vez delegó al capitán Villadiego, que logró localizar a las tropas del Inca por las inmediaciones de Orongoy (Oronccoy). Villadiego bajo el guía de indios amigos, con el apoyo de una numerosa tropa de sus aliados Huancas y Chankas, empezaron a subir la cuesta hacia Oronccoy, cuando estaban cerca al campamento Inca, la mujer de Manco Inca, Curo Ocllo, se percató accidentalmente del hecho y dio la alarma. Manco Inca que contaba con 200 guerreros y algunos caballos, vigiló la ascensión de la tropa española que era más numerosa que la incaica, preparó el ataque desde la parte alta, aprovechando que los españoles descansaban muertos de cansancio se abalanzaron bajo el grito del “haylli”, los españoles cargaron sus arcabuces, pero sólo pudieron eliminar a algunos guerreros incas, en el combate que duró unas dos horas, un guerrero quebró el brazo de Villadiego que luego fue ultimado en combate, igualmente el resto de los españoles fueron cayendo uno a uno. Los indios aliados empezaron la fuga y sólo pudieron escapar 2 de 34 españoles atacantes, quienes con la ayuda de los aliados pudieron escapar hacia Uripa. Esta batalla fue un contundente triunfo de las tropas de Manco Inca en su lucha de resistencia.

GUAMANGA Y ORONGOY

Corría el segundo semestre de 1538. Mientras Tísoc Inca se batía en el Collasuyo, Manco decidió dirigir personalmente una ofensiva en las cordilleras centrales del siempre disputado Chinchaysuyo. Fue así como partió con unas pocas unidades hacia el norte, amagando el valle del Chumbao. Desde allí se trasladó -atacando caravanas- a la zona desde la cual había dirigido las incursiones contra los Huancas el año anterior. Pero esta vez, con más recursos, prefirió atacar a los españoles, aunque no dejaba de hostilizar a los caciques de los anearas y de los pocras que poblaban aquellas comarcas. No había así seguridad ni para los conquistadores cuando iban en grupos pequeños ni para sus «indios amigos» y menos para los mercaderes. Muchos españoles murieron; caravanas íntegras fueron tomadas.

Lo más grave para Pizarro era que el Inca solía aparecer a caballo y con él un grupo de sus guerreros cuzcos.

La situación llegó a tal extremo que el propio gobernador Pizarro pasó a comandar una expedición. Pero Manco, apelando a tácticas que hoy denominaríamos guerrilleras, siempre lograba escabullirse cuando la relación de fuerzas le era adversa. La última vez, el rastro del Inca fue perdido adentro de Oripa. Fatigado, Pizarro optó por retornar al Cuzco, encargando a Illán Suárez de Carbajal la prosecución de la campaña.

Este jefe español fracasó igualmente y lo peor para la causa que representaban fue que delegó el mando a un capitán llamado Villadiego pasó entonces a cercar al Inca, tal vez conociendo que había acondicionado una antigua ciudadela inca en Orongoy, cerca de la confluencia de los ríos Pampas y Apurímac.

Guiado por los infaltables «indios amigos» y dejando atrás el Pampas, el capitán español empezó a subir las laderas que conducían a los altos de Orongoy y tal vez habría cogido de sorpresa al Inca -pues se victimó a los centinelas- pero su mujer principal, Cura Ocllo, alcanzó, de modo casual, a darse cuenta de lo que sucedía y dio la voz de alarma en el campamento rebelde. Manco, que bien cebado estaba en españoles, vio una ocasión más para cobrar una nueva victoria.

Como no tenía allí muchos guerreros, envió por delante, a lugar seguro, pequeñas fuerzas de infantería, quedándose él en la retaguardia, preparando el ataque. Menos de doscientos hombres lo acompañaban, entre ellos varios de los más arrojados orejones y yana-guerreros de mérito.

Divisó el avance de las tropas hispano-indias, muy superiores en número, pero no se arredró por eso. La escolta montada que lo acompañaba era de toda su confianza: Se trataba de veteranos probados. Desde lo alto el Inca contempló cómo seguían ascendiendo las laderas las huestes atacantes; y reparó en un factor de suma importancia: «venían sin caballos». Fue entonces cuando -según cuenta Cieza de León, entre otros-, «cabalgando en uno de cuatro que allí tenía, teniendo en la mano una lanza jineta, dijo a los bárbaros que con él estaban que se animasen y aderezasen. Y diciendo esto, mandó a tres principales de su linaje que cabalgasen en los otros caballos que dijo tenían y se apercibiesen para ir contra los españoles».

Mientras el Inca ultimaba sigilosamente los preparativos para una sorpresiva carga, Villadiego, exhausto por la ascensión, hizo un alto en la cuesta para descansar. Allí empezó la catástrofe de los conquistadores. Dice la crónica: «ya que habían andado un poco de trecho, oyeron el ruido que Manco Inca traía con los caballos e indios con que ya venían a dar en ellos y como los vieron volvieron las espaldas sin sentir ninguna sed ni cansancio, a dar aviso a sus compañeros». Para colmo, el haylli triunfal de guerra de los cuzqueños atemorizó a esa vanguardia hispánica que por ser «gente recién venida de Castilla y no acostumbrada a oír gritos de indios, luego huyeron».

El pánico se contagió y Villadiego apenas sí pudo contener la fuga de los suyos, pero mostrando gran serenidad en tan adversas circunstancias y «oyendo que los indios estaban tan cerca, a gran prisa, con el pedernal sacó lumbre que bastó a encender las mechas y mostrando buen ánimo cargó el arcabuz».

Manco vio entonces cómo alineaban los arcabuceros, bala en boca, mientras los indios -seguramente huancas y chancas- lanzaban hondazos; pero no fue suficiente esta vez el apoyo nativo. El desaliento cundió en los de España: «no les pareció que eran poderosos a defenderse y decían que por tener Villadiego poca experiencia de la guerra habían de ser todos muertos; más, aunque esto platicaban no dejó de haber en ellos algún ser y denuedo del que suelen tener y mostrar los españoles, porque luego tomaron sus armas».

Para esto, el pelotón cuzqueño de caballería ya estaba encima. «Manco Inca venía ya junto a ellos y echó un ala de sus indios para con ella cercar a los cristianos, teniéndolos en muy poco por verlos sin caballos y por traerles gran ventaja por estar en lo alto desde donde luego comenzaron a arrojarles muchos tiros de dardos y flechas».

Los castellanos confiaban en la pólvora. Por ello, sin inmutarse, el capitán -buen tirador- dando ejemplo a los suyos, encaró el arma y «soltó el arcabuz y con la pelota mató a un indio». Pero «aunque los cristianos con los otros arcabuces y ballestas mataron algunos, no pudieron hacer huir a los demás, antes con súbito arremetimiento y con gran grito arremetieron a Villadiego».

«Manco Inca con el caballo abajó a los cristianos y anduvieron peleando unos con otras dos horas y por estar los cristianos tan cansados y calurosos no pelearon como en otros tiempos semejantes». El combate se generalizó. Los indios aliados se batieron con brío contra los cuzqueños. No se quedó atrás el jefe español, pero le salió al frente un orejón y le quebró un brazo de un macanazo.

De los conquistadores «muy cruelmente fueron por los indios veinticuatro muertos… y entre ellos Villadiego». Fue rotunda la victoria de Manco. Sólo dos españoles consiguieron escapar, gracias al sacrificado auxilio qué les prestaron los indígenas aliados, quienes protegieron la retirada hacia tierras de Oripa. Entre tanto el Inca, inflexible con los indígenas rivales, exterminó a la mayor parte de los «indios de Nicaragua y yanaconas», aliados de los cristianos. También «mató muchos negros», esclavos fogueados en campañas. Luego pasó a las represalias de rigor en esa guerra a muerte, puesto que conforme a los usos incaicos «a muchos de los indios amigos que andaban con ellos mandaban cortar las manos y a otros las narices y por consiguiente a otros hizo sacar los ojos».

Decían los de España que «se había vuelto muy cruel» y que ya no estaba con él Villa Oma para moderarlo.

Sea como fuere, satisfecho con la venganza, «con las cabezas de los cristianos se retiró a su asiento de Vitcos», las cuales, como trofeos de guerra -así lo meditaría- debían pasar a ornar las murallas de la fortaleza que le servía de cuartel general. Debió pensar que, si doscientas calaveras españolas habían ornado la fortaleza de Ollantaytambo en 1537, ahora adornaría Vitcos con las que llevaba, que se sumarían a otras más que ya tenía.

Los dos sobrevivientes españoles no demoraron en llegar donde el factor Illán Suárez de Carbajal, a quien Pizarro había encomendado la pacificación de Guamanga; enfurecido, maldiciendo por la derrota que tan mal parado lo dejaba, «quiso ahorcar a los que quedaron».

Una vez calmado, perdonó a sus dos compatriotas y pidió urgentes refuerzos a fin de enfrentar la emergencia creada por el desastre y muerte de su lugarteniente Villadiego. Pero mientras los españoles desplegaban una nueva ofensiva, Manco se replegaría por la ruta de Guamanga, «porque supo que ya el factor Illán Suárez, por la otra parte, le tenía ganado lo alto».

Tras burlarlos, iba radiante el Inca con el nuevo triunfo; «le acudían muchos indios, orgullosos por la victoria». Y proclamaba a todos que «pues sus dioses le habían comenzado a favorecer, esperaba que lo habían de continuar».

De esta victoria cuzqueña también se tiene descripción inca en la crónica de Titu Cusi Yupanqui:

«Mandó que le echasen la silla al caballo porque estaban ya cerca los enemigos, a la vista de los cuales puso en un cerro muchas mujeres en renglera, todas con lanza en las manos para que pensasen que eran hombres; y hecho esto, con gran ligereza salió encima de su caballo con su lanza en la mano; cercaba él solo toda la gente, porque no pudiesen ser empecida de sus enemigos…» «dieron de tropel sobre ellos con sus lanzas y adargas, de tal arte que les hicieron retirar la cuesta abajo más que de paso; los desbarataron y desbarrancaron por unas barrancas y peñas abajo sin poder ser señores de sí más antes ellos mismos se desbarataron a sí mismos, por no ser señores de sí en cuesta tan áspera por la mucha fatiga que las armas les daban y el gran calor que les ahogaba que todo junto le causó la muerte a todos ellos sin escapar caballo ni hombre vivo, sino fueron dos, los cuales el uno pasó el río y el otro se salvó por una crisneja de la puente».

Manco habría de perderse en los caminos de las montañas selváticas huamanguinas (Viscatán), rumbo a Vilcabamba, por las vías del Apurímac. La campaña había fracasado; Pizarro no se resignó a una derrota completa y procedió a fundar una villa en ese paraje, entonces tan apartado, a medio camino entre el Cuzco y Lima:

«E mirando la mucha distancia que había desde la gran ciudad del Cuzco hasta Los Reyes, como la contratación de aquellas dos ciudades era mucha, é que estando el Inga rebelado del imperial servicio, é habiéndose apartado de la amistad de los cristianos, que á los caminantes españoles haría gran daño y muchos serían á sus manos muertos, como lo habían sido, é que para tirar aquel inconveniente el remedio más cierto era fundar una ciudad en el comedio de las dos que decimos, tomando sobre esto su parecer con el Fator é con el padre García Díaz é con otros, determinó de fundarla en las provincias de Guamanga, é darle por términos desde Xauxa hasta pasada la puente de Vilcas, con más las provincias que se extienden á entrambos lados de esta región: Todo lo cual estaba repartido á vecinos del Cuzco é de Los Reyes».

Le puso como nombre San Juan de la Frontera, «frontera» con el Inca, por cierto. La asentó «porque así convenía a la tierra, por el alzamiento del cacique Mango Inga Yupangui señor natural de los yndios destos Reynos», tal como se lee en el documento hallado por Guillermo Lohmann Villena, donde por primera vez consta con certeza la fecha del surgimiento del nuevo núcleo urbano: 29 de enero de 1539.

Quedó como lugarteniente de Pizarro el capitán Francisco de Cárdenas, quien al poco tiempo trasladó la villa a un sitio próximo.

Entre tanto, Hernando Pizarro se vio obligado a adelantar la conquista que, entre otras metas tenía el saqueo de las huacas ocultas del lago Titijaja. Partió con ochenta jinetes, más de cien peones y miles de indios. Nota: Palabras antiguas y errores propias de la edición gráfica.

Bibliografía

Juan José Vega (1965). Manco Inca. Editorial Brasa S.A. Colección Forjadores del Perú. Volumen I. Lima 1995. Pag. 90-95